Ignacio Arriaga · 03/04/2026
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El 31 de marzo de 2026 pasaron tres cosas. Jack Dorsey publicó un artículo en el blog de Sequoia explicando cómo la IA va a reemplazar a los mandos intermedios, unas semanas después de despedir al 40% de Block. OpenAI cerró 122.000 millones de dólares, la mayor ronda privada de la historia. Y Oracle despidió a entre 20.000 y 30.000 personas con un email a las 6 de la mañana, sin previo aviso de recursos humanos ni de sus jefes directos.
Las tres noticias parecen distintas, pero en realidad forman parte de la misma historia: Silicon Valley no solo está intentando predecir el futuro. Está intentando construirlo, financiarlo y contarlo de forma que, cuando llegue, parezca inevitable.
Todo esto para cerrar un mes en el que continuamente estoy leyendo acerca de cómo las empresas de servicios se van a convertir en empresas de software encubiertas.
En Silicon Valley, especialmente desde un artículo publicado por Sequoia, se está repitiendo que las agencias van a convertirse en software. La tesis es sencilla: por cada dólar que una empresa gasta en software, gasta seis en servicios para que ese software funcione.
La teoría dice que una agencia que antes tenía un 40% de margen bruto ahora podría llegar al 75% porque la IA dispara la productividad. Hay varios voceros ilustres de esta teoría: desde Sam Parr hasta Greg Isenberg, pasando por Y Combinator, que sostiene que hay un trillón de dólares en servicios que van a pasar a ser ejecutados por agentes de IA.
En resumen: va a ser la hostia.
Pero, casualmente, están describiendo lo que el SaaS lleva haciendo desde hace muchísimos años: productizar servicios alejándolos de la dependencia de las personas. Lo que describen como revolución es lo que hacía un SaaS hace diez años pero disfrazándolo de servicio encubierto.
Lo paradójico es que en la misma época en la que la narrativa oficial dice que el software ha muerto, los mismos que lo declaran muerto están describiendo cómo convertir negocios de servicios en algo que se parece sospechosamente a software.
Lo más interesante de todo esto no son solo las teorías. Es quién las cuenta.
Sequoia publica Services: The New Software. Sequoia también cofirma con Jack Dorsey el ensayo From Hierarchy to Intelligence, que en la práctica sirve para dar marco intelectual a una oleada de despidos. Y Sequoia, además, es inversora en OpenAI, Anthropic y xAI al mismo tiempo.
Esto no significa que lo que dicen sea falso. Pero sí que conviene leerlo con cierta distancia. Cuando el analista, el inversor y el vendedor ocupan casi el mismo sitio en la mesa, el contenido deja de ser solo análisis. También es construcción de narrativa.
Dorsey no publica ese ensayo en abstracto. Lo hace semanas después de despedir al 40% de Block. Sequoia le da la plataforma; Dorsey le da la credibilidad de haberlo ejecutado. Y así, una decisión empresarial dolorosa se convierte en validación intelectual de una tesis de inversión.
Con Oracle pasa algo parecido, aunque por otra vía. El mismo día que OpenAI anuncia su ronda, Oracle ejecuta despidos masivos mientras está comprometida con una inversión gigantesca en infraestructura para IA. No hace falta forzar una relación causal directa entre ambos hechos para ver lo importante: todo el ecosistema está reorganizando empleo, capital y relato alrededor de la misma promesa.
Y así es como funcionan las profecías autocumplidas. Publicas la tesis, inviertes en las empresas que pueden ejecutarla, incentivas a fundadores y mercados para actuar en esa dirección y, cuando el resultado llega, lo presentas como si fuera una predicción brillante y no como una realidad activamente fabricada.
Vamos a lo que de verdad debería importarle al fundador que está leyendo esto: los números.
Los costes por token han bajado, sí. Pero el gasto total en inferencia de OpenAI se ha cuadruplicado en 2025 porque el consumo crece más rápido que la eficiencia. Sus márgenes brutos bajaron del 40% al 33%. Y han acabado metiendo anuncios en ChatGPT después de que el propio liderazgo dijera que era un último recurso.
Por eso conviene mirar con más cuidado los supuestos “márgenes mágicos” de este nuevo modelo. Porque una cosa es que la IA permita entregar más con menos gente, y otra muy distinta que eso se traduzca en un negocio estructuralmente sano, predecible y defendible.
La ronda de 122.000 millones que acaba de cerrar OpenAI suena a número sólido hasta que miras la estructura: Amazon mete 50.000 millones pero 35.000 están condicionados a que OpenAI salga a bolsa o alcance AGI, y vinculados a un contrato de 100.000 millones en AWS. Nvidia aporta 30.000 millones en compute, no en cash. Inviertes en tu cliente para que te pague con tu propia inversión.
Y luego está Oracle. El mismo día que OpenAI cierra su ronda, Oracle despide a decenas de miles de personas. Oracle no es inversora en OpenAI pero ha firmado con ellos un contrato crucial para su estrategia: cobrará 300.000 millones en cinco años para darle capacidad de computación. El tema es que no tiene pulmón financiero para conseguir esa capacidad a no ser que consiga levantar 50B de financiación. No diré yo que tenga que ver, pero pulirte al 20% de tu plantilla diciendo que vas a usar la IA para sustituirlos, siempre suena bien a los inversores.
Toda esta cadena circular que sostiene el precio sirve para que los costes de la inferencia sigan subvencionados y para que podamos tener softwares disfrazados de agencia con márgenes altos. Pero la realidad es que esos márgenes no son altos: están subvencionados.
La narrativa te dice que el SaaS va a morir. Pero el SaaS tiene márgenes probados, predecibles y controlables. Los costes reales de los agentes por los que vamos a sustituir el software actual –o incluso a las personas–, aún no los conocemos.
Dicho todo esto, hay un punto que me resulta interesante en todo este tema de disfrazar de software a las empresas de servicios. Las empresas de servicios siempre han vendido un resultado y no una herramienta.
Y creo que esa ha sido la promesa eterna del SaaS que casi nunca se ha cumplido. Nosotros vendemos una herramienta para crear campañas, pero si estuviéramos orientados a resultados venderíamos nuevos clientes. Una empresa de contabilidad te vende un software, una gestoría te vende los impuestos presentados y tus cuentas bien hechas.
La realidad es que, en muchos casos, vendemos palas pero no oro. Creo que por primera vez la tecnología nos permite acercarnos a esa promesa. Creo que ahora la tecnología casi nos permite saltarnos la parte en la que el usuario utiliza el software y puede ir directamente a obtener los resultados.
Pero la oportunidad real no es la de monta una agencia de IA y consigue múltiplos tech. Es más sutil y más aburrida: entiende qué resultado vendes, entiende a tu cliente mejor que nadie y usa la IA para acercarte a entregarlo directamente.
Sequoia nos vende una narrativa que le viene muy bien porque uno de sus mayores intereses son que la gente consuma tokens como si no hubiera un mañana. Debe tener casi un cuarto de sus posiciones invertido entre OpenAI, Anthropic y xAI. Y otro porcentaje relevante en empresas que usan esos modelos. Por lo que su narrativa es una estrategia de marketing para apoyar sus tesis de inversión. Y tiene cosas bastante interesantes, como la de reorientar el software a resultados y no a herramientas.
Pero también hay una parte más oscura de estas narrativas: por ejemplo las que buscan sustituir negocios con márgenes sanos –como los SaaS– por otros con márgenes subvencionados. O las que justifican tropecientos despidos con la “eficiencia” que (aún) no ha traído la IA.
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