Ignacio Arriaga · 06/03/2026
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Seguro que te ha pasado: abres un SaaS que usas a diario y te encuentras con demasiados botones, secciones con nombres parecidos, paneles vacíos, información que no necesitas y una colección de pestañas donde todo parece igual de importante. Antes echabas alguna cosa de menos. Ahora tienes muchas de más.
A diferencia de lo que muchos piensan, muchos productos hacen demasiadas cosas. Muchos, nosotros los primeros, hemos tenido etapas de cada vez añadir más cosas al producto y que muchas de ellas no se utilicen apenas.
A veces creemos que los productos se venden al peso y eso hace que destrocemos el uso habitual que hacen nuestros usuarios a base de añadir mierdas alrededor de lo importante.
Ya hemos hablado en Disaaster sobre la enshitificación –ese proceso por el que los productos van degradándose hasta convertirse en algo que da asco usar–. Y solemos atribuirlo a la avaricia corporativa: las plataformas exprimen primero a los usuarios, luego a los proveedores, y finalmente se quedan con todo el valor para los accionistas.
Pero hay otro motor de enshitificación que casi nadie nombra y que me parece igual o más peligroso: la sobreproducción. No la maldad, sino la incompetencia. O más exactamente, la incapacidad de parar de producir cuando ya no estás aportando valor. Pero claro, cuando el crecimiento se frena, nos ponemos creativos y la respuesta siempre es la misma: lanzar más features.
Hay muchos motivos para esto: los técnicos disfrutan más creando cosas nuevas, es aparentemente más vendible contar que has lanzado algo nuevo, los incentivos están orientados hacia los lanzamientos y no al mantenimiento. Y creemos que para conseguir cambios grandes, necesitamos construir grandes cosas.
Y ahora viene la IA a poner esteroides a todo esto. Si producir features ya era barato, ahora es prácticamente gratis.
No es casualidad que las empresas de producto más admiradas de los últimos años sean las que han elegido hacer menos cosas, no más.
De las 150.000 funcionalidades que tiene Jira, Linear tendrá 20. No es un lienzo en blanco, es un producto en el que se han tomado decisiones.
Superhuman cobra 30 pavos al mes por hacer solamente una cosa: que gestionar el email sea rápido. Attio está haciendo lo mismo en el mundo del CRM. Y Fathom o Simple Analytics están creciendo vendiéndose como la alternativa mínima a Google Analytics.
Es el paradigma de la era de la abundancia: construir menos cosas pero bien hechas está atacando con fuerza a las soluciones que lo abarcan todo.
La clave está en mojarse y hacer elecciones. Dame un happy path sencillo para lo que hago el 80% del tiempo y, si quieres añadir la complejidad, hazla opcional. No me pongas un botón que no entienden el 90% de los clientes porque un 5% ha pedido que exista.
Stripe es un producto muy complejo, pero su panel tiene sentido para los usuarios porque esconde la complejidad. Esta técnica se conoce como progressive disclosure y lo que intenta es que el usuario no tenga que pelearse con mil opciones que no necesita. Si alguien necesita algo avanzado va a saber buscarlo. Pero si alguien se encuentra con veinte opciones que no entiende es muy posible que acabe en un competidor.
El problema es que implementar esto requiere algo que es cada vez más raro: criterio. Alguien que tome decisiones que suelen consistir en quitar más que en poner. Y quitar duele porque se ha invertido tiempo en hacer las cosas. Y a la persona que ha invertido su tiempo directamente le mosquea. Y eso provoca malos rollos. Pero probablemente es mejor un mal rollo que cargarte la empresa.
Todo lo anterior suena muy bien en un artículo, pero la pregunta obvia es: vale, ¿y qué hago? Aquí van algunas prácticas que funcionan y que, sorprendentemente, casi nadie aplica de forma sistemática.
Sienta a alguien de fuera delante de tu producto y cállate. Organiza sesiones con personas que no están en tu equipo –clientes, prospects, gente random– y obsérvalas usando tu producto sin ayudarles. Vas a pasar vergüenza. Van a intentar hacer cosas que tú das por obvias y no van a encontrar el botón. Van a ignorar secciones enteras que a tu equipo le costó meses construir. Es incómodo, pero es la forma más rápida de entender qué está fallando realmente.
Deja de confundir lo que quieres que tu producto sea con lo que tus usuarios hacen con él. Identifica cuál es la funcionalidad más usada y cómo es el flujo más habitual, y pule esa experiencia a muerte.
Alguien del equipo tiene que ver grabaciones de sesiones de usuario cada semana. No informes, no dashboards de analytics, no resúmenes: vídeos reales de personas reales usando tu producto. Si no acabas gritando insultos a la pantalla, no has visto suficientes.
Prueba tu onboarding y tu happy path de forma habitual. Créate una cuenta nueva cada mes y haz el recorrido completo que haría un usuario nuevo. Vas a flipar con cómo cambia la experiencia según vas añadiendo funcionalidades. Esa pantalla que antes era limpia ahora tiene tres banners, un modal de bienvenida y un tooltip.
Jamás matamos funcionalidades. Más allá del uso core de una aplicación, las funcionalidades que añadimos a posteriori se usan poco o nunca. Y sin embargo nunca las dejamos morir. Un usuario cabreado es mucho mejor que muchos usuarios abrumados.
El ownership del conjunto es importante. Sobre todo en equipos grandes, si cada uno optimiza su sección, necesitas una persona o un equipo pequeño cuyo trabajo sea hacer que el producto funcione como un todo y no como un Frankenstein.
El coste de oportunidad existe. Cada feature que añades tiene costes ocultos: mantenimiento, complejidad de la interfaz, soporte. Antes de construir deberías pensar si lo que construyes aporta más valor que todo lo que estás dejando de lado por hacerlo.
Usa el progressive disclosure. No se trata de tener un producto simple que no haga nada. Utiliza progressive: la interfaz por defecto muestra lo que necesita el 80% de los usuarios el 80% del tiempo. Compara el dashboard de Stripe con el de AWS. Ambos son productos muy complejos, solamente uno te provoca ganas de arrancarte los ojos.
El mismo fenómeno está ocurriendo en todos los ámbitos donde la IA ha reducido drásticamente el coste de producción:
El contenido en internet se está inundando de artículos, vídeos e imágenes generados por IA que diluyen lo que tiene valor real. Los feeds de redes sociales están llenos de engagement bait generado automáticamente. Los resultados de Google están cada vez más contaminados. Los marketplaces de apps acumulan clones y wrappers sin valor real.
En un mundo ahogado en abundancia, la escasez voluntaria es la nueva ventaja competitiva. El futuro no pertenece a los que producen más, sino a los que tienen el criterio –y el coraje– de producir menos.
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